Era la mañana del domingo 2 de febrero de 1851, en las cálidas tierras de San José La Arada, a poca distancia de la cabecera de Chiquimula de la Sierra.

1 mil 500 hombres estaban listos para la batalla, eran las tropas al mando de Rafael Carrera. Se disponían a proteger a la recién creada República de Guatemala de una invasión organizada por los gobiernos de El Salvador y Honduras.

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El ejército invasor era de 4 mil 500 hombres, dirigidos por generales convencidos de que, con su superioridad numérica, fácilmente vencerían a los guatemaltecos y pronto estarían en la ciudad de Guatemala para deponer al presidente Mariano Paredes.

Pensaban que lograrían repetir su hazaña de 1829, cuando la ciudad de Guatemala fue vencida y saqueada por las tropas de Francisco Morazán.

El ejército invasor había penetrado en tres columnas: Una ingresó desde Honduras, por Esquipulas; otra, desde El Salvador, por Metapán, y la tercera desde Santa Ana, por las inmediaciones del volcán Chingo.

Carrera había llegado para defender al país el 23 de enero e hizo saber al enemigo que sus tropas estaban en San Cristóbal Jutiapa, por lo que la columna invasora que entró por el Chingo decidió unirse a las otras tres. Lo hicieron cerca del pueblo de San José La Arada.

Tenían la intención de capturar Chiquimula y después dirigirse a Guatemala. Carrera, entre tanto, había dispuesto sus tropas en Chiquimula, por lo que solo tuvo que alcanzarlas. En realidad, había logrado reunir un ejército de 2 mil efectivos, pero pensó que era muy arriesgado presentarse con toda la tropa. Cuando estuvo en Jutiapa, pudo calcular la cantidad real de hombres con que contaban los salvadoreños y hondureños, por lo que planificó dejar 500 efectivos en Chiquimula, para proteger la retaguardia y la población.

Engaño de Carrera

La tarde del 1 de febrero, una pequeña parte del ejército guatemalteco atacó a los invasores y se retiró hacia el pueblo. Esto los convenció del reducido grupo de hombres y que huían ante el elevado número de hondureños y salvadoreños, pero la noche impedía cualquier acción.

Esto era precisamente lo que Carrera esperaba, engañarlos para que permanecieran esa noche a inmediaciones del pueblo. Así, a sus efectivos los tenía listos para el ataque, divididos también en tres columnas, pero eran muy pocos, así que aprovechó el terreno, colocándolos en tres eminencias antes del amanecer, ubicando la artillería en la parte central.

De manera que las operaciones empezaron después de las ocho de la mañana del 2 de febrero. Los invasores atacaron. Tenían a su espalda el río San José y al frente el pequeño ejército de Guatemala. Conforme avanzó la mañana, los invasores hicieron notar su superioridad.

Cuando se sentían seguros de vencer, Carrera ordenó el incendio de unos cañaverales situados a inmediaciones del campo de batalla, con esto, las tropas enemigas quedaron limitadas en sus movimientos, por un triángulo: de un lado tenían el río, del otro los cañaverales incendiados y por el otro a los aguerridos milicianos guatemaltecos, muchos de ellos originarios de la región y que habían combatido al lado de Carrera en otras oportunidades.

Cuando vieron lo difícil que resultaba vencer y con la visibilidad limitada por el humo, uno de los generales invasores ordenó que su columna se retirara, pero el espacio era limitado, y la retirada se convirtió en fuga. Al ver los compañeros la huida de una columna, el resto los siguió en gran desorden, lo que permitió a los guatemaltecos atacar con fuerza y precisión.

La victoria

Carrera ordenó que las tropas de Chiquimula salieran en busca de los fugados, para impedir que se reagruparan y lograran contraatacar. Como esos hombres estaban descansados, les fue fácil alcanzarlos y vencerlos.

La batalla duró casi todo el día. Cuando terminó, era una total victoria para los guatemaltecos. Se buscó al general Carrera por todas partes, se le halló tirado junto a un árbol, con los brazos en cruz pero respirando. No se podía retirar el sable de su mano, por lo hinchada que la tenía de tanto luchar. Eso reavivó la admiración de sus tropas.

Al finalizar, más de 500 hombres del ejército invasor habían muerto, el resto huyó dividido en dos, un grupo a Honduras y el otro a El Salvador. 200 más fueron capturados como prisioneros. Entre el ejército guatemalteco el número de bajas fue también numeroso.

Cuando el comandante salvadoreño llegó a su país, argumentó que Carrera había vencido porque tenía un ejército muy superior en número, cuando la realidad era otra. A partir de ese acontecimiento, los gobiernos vecinos tuvieron que respetar al guatemalteco.

Además, el general Carrera, fue considerado por el partido Conservador como el futuro presidente del país. Por su parte, Carrera decidió agradecer al cielo por su triunfo. El militar había nacido en el barrio de Candelaria de la ciudad de Guatemala.

Virgen de Candelaria

En febrero de 1843, estando en la costa sur, se había recuperado de una grave enfermedad. Carrera había atribuido su sanación a que rogó a la Virgen de Candelaria y regaló una escultura a la iglesia de Mazatenango que desde entonces, celebraba su fiesta religiosa en febrero.

Ahora, en una batalla ganada el 2 de febrero, Carrera volvió a atribuir su éxito a la Virgen de Candelaria. Por lo tanto, decidió agradecer esta victoria embelleciendo la iglesia que ya existía en la ciudad de Guatemala.

En la actualidad, existe un pequeño monumento en el lugar de la Batalla de La Arada. Es un obelisco y a un lado se colocó posteriormente el busto del general Carrera.

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