Con las manos juntas sobre las rodillas, Byron Caná escucha al alcalde de San Juan Comalapa, Chimaltenango, mientras su novia, Viviana Xocop, mueve los dedos nerviosa; están por casarse en plena crisis de la COVID-19.

Ambos llevan puestas mascarillas quirúrgicas para protegerse. Viviana viste el traje tradicional de Comalapa y Byron, una impecable chumpa. Se encuentran en el despacho edil para contraer matrimonio en una boda que solo admite a los padres de cada uno como asistentes.

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De haberse celebrado meses antes, la boda habría sido atestiguada por decenas de familiares y amigos en condiciones normales. Pero la pandemia de coronavirus ha traído consigo temor y restricciones, como el toque de queda vespertino reinante en Guatemala desde el pasado 22 de marzo o la prohibición de actividades sociales y eventos públicos de cualquier índole.

El amor, sin embargo, encuentra un resquicio y para Byron Caná y Viviana Xocop, esta no es la excepción.

La pandemia cambió todo

El alcalde los declara esposa y esposo. Los jóvenes tímidamente se dan un beso sobre las mascarillas mientras sus padres aplauden. Habían planeado su boda y fiesta desde septiembre del año pasado, pero las circunstancias de la pandemia cambiaron todo.

“Habíamos planeado la boda desde hace mucho, con fiesta para los amigos y familiares, pero la vida debe seguir y nos casamos hoy en la alcaldía. Cuando se pueda, nos casaremos por la iglesia”, cuenta Byron a Efe al salir de la ceremonia.

La secretaria de la alcaldía de San Juan Comalapa, Lisbeth Tzoj, dice que, debido a las peticiones insistentes de los pobladores, se han realizado bodas bajo las más estrictas medidas sanitarias para evitar los contagios de coronavirus.

“Hemos realizado 14 bodas desde abril hasta la fecha. Todas han sido distintas, pero bellas”, se congratula.

Durante la ceremonia, la secretaria incluyó palabras para abogar por la igualdad de género en el matrimonio y que la relación sea igualitaria, en un país en el que no está permitido el matrimonio entre personas del mismo sexo y en el que aún existe el tabú de la igualdad y equidad social.

Mientras caminaban a casa de regreso, cuatro amigas de Viviana los encontraron al paso y le entregaron regalos de boda, pues estas no podían entrar a la pequeña reunión, con tal de mantener las medidas sanitarias.

Mientras Byron y Viviana se dan el “sí, acepto”, a pocos metros de la municipalidad hay ventas de mercado en la calles, al aire libre. Cada vendedor tiene mascarilla.

Chimaltenango, primer caso comunitario de COVID-19

En el municipio, principalmente de actividad agrícola, han habido “pocos casos de coronavirus”, según la municipalidad. Hubo algunos en mayo, sobre todo de personas que trabajaban en la capital, que es de dónde se contagiaron. Los datos a nivel local, por municipio, no pueden ser divulgados por decisión del Ministerio de Salud.

Ahora los ingresos del pueblo están cerrados y solo pueden acceder los residentes o personas con permisos especiales.

Chimaltenango fue considerado el primer departamento con un caso comunitario cuando el Ministerio de Salud aseguró que, en el municipio de Patzún, se había registrado el primer contagio sin ruta epidemiológica y procedió a instaurar un cordón sanitario durante un mes.

La foto del recuerdo

De regreso a la celebración del amor entre Viviana y Byron, aún falta la foto del recuerdo frente a la iglesia de San Juan Comalapa. “La tradición dice que los papás del esposo deben llevar comida a la casa de los papás de la esposa para una fiesta, pero hoy solo haremos un pequeño almuerzo entre nosotros”, dice Vivana al terminar la sesión de fotos.

Dos mujeres caminan frente a la iglesia de San Juan Comalapa, Chimaltenango. (Foto: EFE)

La pareja decide caminar desde la iglesia hasta su casa, a un poco más de un kilómetro de distancia. En el trayecto cuentan que se conocieron hace cuatro años, pero que se hicieron novios hace uno.

“Estudiamos juntos el bachillerato, yo trabajaba en el centro de la Ciudad de Guatemala, cuando regresaba a Comalapa la visitaba a ella”, recuerda emocionado Byron.

Los jóvenes de 22 años no saben qué depara el futuro con la economía afectada por la pandemia, pero lo que sí tenían claro era que no querían esperar más para empezar una vida juntos.

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