Desde épocas muy tempranas los artistas prehispánicos exploraron la figura humana. Observaron movimientos, posturas y rasgos que luego expresaron en la escultura y en pinturas. Hubo otra forma de representación que destacó en toda la región mesoamericana: las vasijas de cerámica, así como contenedores hechos de otros materiales, dotados de expresión facial y corporal. Este tipo de artefactos entra dentro de la categoría del arte portátil, casi siempre con función utilitaria.

Para el alfarero o artesano-artista prehispánico, la forma, el volumen y la superficie lisa presentaron un reto y una oportunidad decorativa. Entre las más populares están las “vasijas-efigie” (que presentan rasgos tridimensionales que incluyen cabeza, extremidades y otras partes del cuerpo) y las “vasijas con cara o rostro” (una sub-categoría específica cuyos rasgos faciales aprovechan la forma de la pared y las texturas de la superficie). La variedad es mucha y muy creativa.

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Los recipientes-efigie comienzan a aparecer en el periodo Pre-Clásico Tardío (250 a.C.- 250 d.C.) y prevalecieron hasta la época de la conquista española. Generalmente no eran vasijas para beber, pues resultarían frágiles e incómodas, sino para colocar líquidos como agua, pulque, cacao o alguna otra bebida con carácter de ofrenda. Si para las ofrendas sólidas se usaban platos y cuencos, para las líquidas se utilizan vasijas.

Las vasijas de cuerpo entero: El cuerpo como vasija

Las vasijas con efigies antropomorfas son como pequeñas esculturas, pero la forma de la vasija no se pierde sino que mantiene la función de toda la obra como contenedor, respetando las siluetas geométricas básicas. En estos casos, la apariencia humana se limita a formas completas sobrepuestas a la superficie o que se proyectan a partir de la forma de la vasija.

La individualidad de la pieza, como en una escultura, depende de la representación de la cabeza y en la presencia de cabello, ombligo y genitales. Un rostro que gira hacia un lado y un torso que contribuye a dar forma a la vasija, le da vida y expresión.

En general y desde época muy temprana, el arte mesoamericano osciló entre el naturalismo y la abstracción al representar el cuerpo humano. En algunas obras se aprecia una descripción detallada de la fisonomía y el aspecto del cuerpo, y en otras vemos formas esquemáticas e incluso geométricas.

Aun cuando el repertorio decorativo parezca limitado, su aplicación es sorprendentemente diversa. La vasija llega a ser casi “humana” cuando los brazos se convierten en asas; los pies funcionan como soportes de la vasija y el cuello se convierte en cabeza gracias a un rostro con ojos, nariz, boca y orejas.

La pintura y otros detalles decorativos terminan de dar vida a la vasija, identificándola como un hombre, una mujer, un anciano, una deidad y hasta un animal.

Las vasijas con rostro

No es tan sencillo imprimirle el rostro humano a cualquier objeto, especialmente cuando se trata de esculpir el barro o arcilla, no sólo para dar forma a figurillas sino a innumerables ejemplos de vasijas de cerámica a las cuales se les daban rasgos antropomorfos (“con forma humana”), adaptando la forma redonda, ovalada o cilíndrica de la vasija para darles realce y volumen.

Existe muy poca información sobre las vasijas con rostro. Se conocen las técnicas de manufactura, pero se desconoce su posible función o simbolismo. Es más, pareciera que las vasijas solamente fueron decoradas con rasgos antropomorfos como una forma de reflejar, en las cosas, la naturaleza humana o nuestro propio espíritu.

Los estudios arqueológicos que más se acercan a analizar las “vasijas con rostro” son los que se refieren a las “vasijas-retrato” de la cerámica Moche de Perú, sin embargo, estas se caracterizan por su realismo facial y se clasifican como retratos en forma de vasija –hechos con molde- y no al revés, como es el caso de Mesoamérica, donde las vasijas con rostros humanos no son retratos, pero sí presentan rasgos específicos interesantes que realzan o exageran las facciones.

En el caso de las vasijas con rostro, estas únicamente presentan una decoración muy sencilla lograda a través de elementos como pintura para definir los rasgos; acanaladuras y líneas incisas para representar arrugas y cabello; y bolitas aplicadas y volutas en relieve para representar diseños con tatuajes, cicatrización y bigotes.

Las caras pueden aparecer dentro de un medallón o como parte integral de la vasija, complementando los rasgos en relieve con los otros elementos de la vasija, como los soportes, las vertederas, las asas y las tapaderas.

Fuentes

  • Fuente, Beatriz de la; “La Vejez en el Arte de Mesoamerica” en Revista Arqueología Mexicana
  • Larco Hoyle, R. 2001. Los Mochicas I y II. Museo Larco. Fundación Telefónica. Perú
  • López Austin, Alfredo. 1996. Cuerpo Humano e Ideología: Las concepciones de los antiguos nahuas. UNAM. México.
  • Millones, Mario. 2011. “Vasijas-Retrato Moche: Ordenando rostros (forma, tiempo y espacio)” en Revista No11 Museo Trujillo; Jun 16, 2011.  Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo. Perú
  • Raggi Lucio, Emilia. 2012. La cabeza como personificación del “ser” entre los mayas.
  • Taube, Karl and Rhonda Taube. 2009. “The Beautiful, the Bad and the Ugly: Aesthetics and Morality in Maya Figurines” in Mesoamerican Figurines: Small Scale Indices in Large Scale Social Phenomena. University Press of Florida. pp. 236-258.

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